¿Y qué hago yo aquí?

¿Y qué hago yo aquí?

Un día, recibes una oferta para trabajar en otro país. Sopesas todas las variables que se te ocurren, condiciones laborales, situación actual, familia, amigos, residencia, idioma…y algo dentro se mueve, sientes una motivación que te dice que adelante, y con más o menos convicción aceptas esa oferta.

De pronto, a pesar de todas las vueltas que le has dado, te encuentras en el aeropuerto, cargado con una maleta que pesa casi más que tú y en ese momento es cuando te das cuenta de que efectivamente te vas, te enfrentas a una situación desconocida, vas a un país que no habías visitado anteriormente, quizás hasta desconozcas el idioma, y notas una pesada piedra que cae en tu estómago.

En este primer punto empiezas a echar de menos a tu familia, amigos, tu casa, tu vida…pero sigues adelante y embarcas.

Vas en el avión pensando en que llegas a tu nueva ciudad con un plan más o menos claro en tu cabeza, has investigado alquileres, has hablado con personas que ya han vivido allí y te han dado referencias, sabes hablar inglés y eso te da confianza. El lunes empiezas a trabajar en esa empresa, en ese puesto que tanto deseas y los ojos te brillan.

Es posible que ese primer día te des cuenta de que el inglés que sabes no tiene nada que ver con el inglés que se habla en esta otra ciudad, porque, reconozcámoslo, nuestra pronunciación es muy nuestra…Es posible que los alquileres no sean exactamente como habías calculado. El clima, por mucho que supieras que iba a ser más frío, te sorprende, te congela las manos y te muerde las puntas de las orejas.

Empiezas a sentirte un poco frustrado, bastante melancólico y desde luego, muy solo. Tus planes empiezan a tambalearse.

Las primeras semanas pasan casi sin que te des cuenta, envuelto en un ambiente de estrés, queriendo llegar a todo, constantemente preocupado por todos los cabos sueltos, por intentar ajustar la realidad a los planes que habías hecho.

Lamentablemente, no funciona exactamente así.

La realidad no se adapta a los planes, han de ser los planes, nuestra mente, la que se adapte a la realidad.

A este proceso lo llamamos duelo migratorio ¿Por qué? Porque en el proceso de migración, perdemos “cosas”, no definitivamente, nuestra ciudad de origen no desaparece del mapa, pero la perdemos de vista, de nuestro alcance, y del mismo modo perdemos a nuestros amigos, nuestra familia, nuestra rutina, y también perdemos una parte de nosotros mismos.

Cuando decidimos emigrar, una parte de nosotros cambia, ya no somos la misma persona.

Es importante saber reconocer estas pérdidas, las emociones que conllevan e intentar readaptar pensamiento y sentimiento a la nueva realidad que nos rodea. Y desde luego, es fundamental saber rodearse de una red de apoyo personal y profesional que nos ayude a gestionar esta situación.

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